
La Calle 52
Todos los días salía de su casa sobre las 8 de la tarde, siempre a la misma hora, y solo.
Vivía en mi misma casa, en el mismo descansillo de la escalera, y apenas nos conocíamos.
Era joven, no pasaría de los 25 años, por lo menos es lo que yo le calculaba, no porque él me lo hubiera dicho.
Era una persona correcta y cuando nos encontrábamos en el ascensor, siempre saludaba, pero no pasaba de ahí la cosa.
Me picaba la curiosidad, al verle salir todos los días a la misma hora y un día que lo vi marchar, decidí seguirle.
Yo lo suficientemente lejos de él para que no me descubriera, y tan lejos me puse, que al doblar él la esquina de una calle, lo perdí de vista.
Al día siguiente, volví a seguirle, pero esta vez aligeré un poco el paso para que no me pasase lo que al día anterior.
Al doblar la esquina de la Calle 52, ví que se metía en un jardín que pertenecía a una casona muy antigua que había pertenecido a una familia conocida en otra época.
Yo no sabía que estuviese habitada, más bien pensé, por el abandono en que se encontraba, que no vivía nadie en ella.
Di media vuelta y emprendí el camino de regreso a mi casa. Me puse a leer un libro después de cenar y estaba todo tan silencioso que, un poco más de la media noche, oí ruidos en la escalera. Abrí la puerta casi sin pensarlo y me encontré con mi vecino, tenía la cara cambiada, estaba radiante, no parecía el mismo de cuando salió. Le di las buenas noches y cerré mi puerta.
Al día siguiente y los demás le volví a seguir, en la esperanza de descubrir el misterio que ocultaban esas salidas, pero claro, la puerta del jardín estaba cerrado y poco podía averiguar, la verdad es que estaba haciendo el tonto.
Estaba ya a punto de desistir, cuando un día la suerte me sonrió, quizás por un descuido, se había dejado la puerta entornada. Decidí entrar, no sin miedo a ser descubierta, y me acerqué a la casa.
A través de una de las ventanas, vi luz dentro, pero los visillos no me permitían ver lo que había en el interior. Parecía una ladrona acechando a su presa, pero ya que estaba allí, no me resignaba a no entrar y descubrir el porqué de las visitas diarias de aquel chico.
La puerta principal no estaba cerrada con llave, supongo que el que estuviese dentro, no pensaría que a nadie se le iba a ocurrir entrar.
No contaban conmigo y mi curiosidad.
Entré muy despacio, la casa estaba destartalada pero limpia, se notaba que alguien se ocupaba de ella. Era muy grande pero de una sola planta.
Oí a lo lejos, en una habitación un poco retirada, las voces de 2 personas, una era la del chico y la otra era de una Sra. mayor. Sin apenas darme cuenta, me fui acercando al lugar de donde venían las voces, tenía miedo a que me descubrieran ¿y que pretexto iba yo a poner para justificar mi presencia allí?
No tenía ningún derecho a hacer lo que estaba haciendo, ni justificación alguna.
El espectáculo que vi, me llenó de admiración y ternura: en una especie de mesa camilla, pues era redonda, había una Señora de edad avanzada, era exquisita, delgada, de pelo blanco muy bien arreglado, ojos claros y se envolvía en un amoroso chal de color azul claro, que la favorecía mucho.
Al otro lado de la mesa, se encontraba el chico, mi vecino, con un libro en las manos. Lo estaba leyendo y de vez en cuando, ella alargaba la mano y acariciaba la cara del chico, éste se emocionaba y era incapaz de seguir con su lectura.
A mí la escena me tenía fascinada, y no me atrevía a moverme, para no hacer ruido y evitar que me descubrieran.
Al cabo de un rato, el chico se acercó a una mesa grande, donde había 2 bandejas con una frugal cena, y las acercó a la camilla.
Cuando ella se puso a cenar, es cuando me di cuenta de que era ciega. El chico iba todos los días a leerle sus obras, era escritor, y ella, que luego me enteré, era su abuela y su mejor critico.
Pilar
Ya había descubierto el misterio de la Calle 52.
Al día siguiente al encontrármelo en la escalera, no pude por menos que sonreírle. Me miró un tanto asombrado pero me saludó correctamente.